Historia. Paso del santo por Andorra

Historia

“Corría el año 1937, un año difícil para Andorra, que desde el estallido de la Guerra Civil española, en julio de 1936, recibía casi unos ochenta refugiados diarios. Huían de una España en guerra y trataban de conservar la vida esquivando al grupo de milicianos de la CNT-FAI, capitaneados por el albañil anarcosindicalista Antonio Martín (más conocido como el cojo de Málaga y famoso por las matanzas indiscriminadas y la quema de iglesias), que hacía guardia por los alrededores del Principado para matar a todos aquellos que intentaran entrar.

Vista de Sant Julià de Lòria l'any 1937 © Josep Claverol Sesplugues
Vista de Sant Julià de Lòria del año 1937 © Josep Claverol Sesplugues

Era la fría madrugada del 2 de diciembre, cuando un grupo de ocho personas, acompañadas de un guía, tras haber pasado frío, hambre y miedo durante días en los bosques, entraban a escondidas en el país por el Mas d’Alins. Se marchaban de una España teñida de sangre y daban gracias a Dios, bajo el cielo libre y estrellado de Andorra, por haber llegado sanos y salvos.

El grupo estaba formado por José María Albareda Herrera, profesor de instituto de Madrid, de 35 años; Tomás Alvira Alvira, profesor de instituto, de 32 años, licenciado en ciencias; Manuel Sainz de los Terreros Villacampa, ingeniero de caminos, de 29 años; Miguel Fisac Serna, estudiante de arquitectura de 24 años; Juan Jiménez Vargas, estudiante de medicina, también de 24 años; Francisco Botella Raduán, estudiante de matemáticas y
arquitectura, de 22 años; Pedro Casciaro Ramírez, estudiante de ciencias exactas en Madrid, de 22 años, y por Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás, sacerdote de 35 años, cuyo nombre seguro que es familiar a muchos lectores, ya que fundó el Opus Dei en 1928.

Sant Josepmaria i el seu grup l'any 1937   © Josep Claverol Sesplugues
San Josemaría y su grupo en año 1937 © Josep Claverol Sesplugues

Debido a las fuertes nevadas, no pudieron continuar el viaje hacia Francia, tal como tenían previsto. Debían usar el salvoconducto que, como refugiados políticos, les habían hecho los gendarmes que vigilaban el país desde 1936. Estos últimos habían sido cedidos por el copríncipe francés Albert Lebrun, a petición del copríncipe episcopal Justí Guitart, para evitar que elementos extremistas pudieran poner en peligro la bien conocida neutralidad andorrana.

Se alojaron en el hotel Palacín, de Escaldes, propiedad de Josep Palacín y Maria Fité, tíos del abuelo de quien escribe este texto. Se trataba de Cal Jepet, donde años más tarde se podría encontrar el hotel La Grandalla y actualmente el hotel Siracusa.

En Andorra pudieron conocer -aprovechando la estancia obligada en el país por las fuertes nevadas- numerosas personas, entre ellas Mn. Lluís Pujol (el arcipreste de Andorra), el coronel René Baulard, el Dr. Berthezene (que los vacunó en la entrada al país), los monjes benedictinos de Montserrat que se habían exiliado aquí (que dirigían el colegio Nostra Senyora de Meritxell), las hermanas de la Sagrada Familia de Urgell (que también regentaban escuelas en Andorra y renovaban los votos por entonces), Mn. Guillem Adellach (vicario beneficiado de Escaldes), los tíos de mi abuelo (Josep Palacín y Maria Fité) y muchos jóvenes de la parroquia, entre los que se encontraba Josep Torrallardona.

L'hotel Palacín (a dalt a l'esquerra)  l'any 1937   © Josep Claverol Sesplugues
Hotel Palacín (arriba a la izquierda) en el año 1937 © Josep Claverol Sesplugues

Permanecieron en el hotel Palacín hasta el 10 de diciembre de 1937, es decir, nueve días y ocho noches, momento en que, afortunadamente, se abrió el puerto de Envalira y pudieron salir por el Pas de la Casa camino a Lourdes, primero, y de Burgos después. En esta última ciudad, podrían reencontrarse con los seres queridos, y monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer podría continuar su labor de evangelización.

La factura del hotel era muy clara, ocho personas a veinte francos por persona y día, más el diez por ciento, en total 1.408 francos. Después de regatear con la tía de mi abuelo, consiguieron rebajar la factura hasta los 1.300 francos y salir con alegría hacia el Pas de la Casa, donde les esperaba
un autocar de catorce plazas que los llevaría a L’Hospitalet-près-l’Andorre, primera población en territorio francés donde podrían respirar tranquilos, lejos de persecuciones y noches en blanco.

El 26 de junio de 1975 fallecía Josemaría Escrivá de Balaguer en Roma. La reacción ante el deceso no se hizo esperar mucho, 69 cardenales y unos 1.300 obispos de todo el mundo solicitaron al Santo Padre que iniciara la causa de beatificación y canonización. El 19 de febrero de 1981, el cardenal Ugo Poletti promulgaba el decreto de introducción de la causa. El 9 de abril de 1990, el Papa Juan Pablo II declaraba las virtudes heroicas del venerable Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer. El 17 de mayo de 1992, Juan Pablo II lo beatificó, en Roma, en una solemne ceremonia, junto con Josefina Bakhita. Finalmente, el 6 de octubre de 2002, el Santo Padre canonizó al beato que, “con sobrenatural intuición, predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado”.

Hoy, lejos de los rencores, el hambre, las envidias, el miedo y las muertes que conlleva toda guerra, los andorranos podemos estar orgullosos de haber dado asilo a un hombre, hoy santo, que hace setenta y cinco años encontraba en el Principado su “tierra de acogida”.

Quizás recordando el éxodo que le llevó a nuestro país, san Josemaría escribía, años más tarde, en su libro Via Crucis: “Cuando los cristianos lo pasamos mal, es porque no damos a esta vida todo su sentido divino. Donde la mano siente el pinchazo de las espinas, los ojos descubren un ramo de rosas espléndidas llenas de aroma”.”

Alfred Llahí i Segalàs

Capítulo titulado ” La visita d’un sant “, extraído del libro HISTÒRIES DE LA NOSTRA HISTÒRIA, de Alfred Llahí, publicado en abril de 2012 (ISBN 99920-1-897-2)

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